El Mundial es Historias: 1. “El coro quedó para el post partido, desde atrás del micro”


Prólogo

Onetti le decía a Galeano que no le interesaba que el público leyera sus obras. Que le bastaba con escribir. Galeano le respondió que en ese caso, una vez terminado lo que estaba escribiendo, podría realizar sólo una impresión, llevarla al correo y apuntar la dirección de su casa.
Escribir es, entre tantas cosas, una descarga. Pero lo que nació como una idea de libro no podía quedarse sólo allí. Por eso la invitación a leer el repaso casi diario del Mundial, pese a que la eliminación temprana de Argentina a muchos los motive a no querer saber nada con lo vivido.
Escribí mientras sucedía y ustedes leen cuando saben qué pasó. El relato podría ganar suspenso, pero sería un suspenso ficticio: se trata de llevar al lector con los ojos cerrados al lugar que igualmente ya conoce, casi un pacto.
Son 28 capítulos, crónicas, simples pareceres, sobre el Mundial y su escenario. Una tierra que (mal) conocimos primero por el cine.
Por aquí aparecerán miradas distintas. Diego Serpentini, el chico de talle baja que sorprendió a Messi en el entrenamiento despedida. La directora de un colegio de Montevideo. El primer representante de Messi. El primer consejero de Romelu Lukaku, que además puede contar a la perfección la evolución del fútbol belga. Y un par de decenas de testimonios en off que contaron situaciones y pintaron contextos. De eso probablemente se trate el periodismo: hechos, tiempo y espacio.

Inédita forma para que irrumpan las musas: durante la lectura de diarios españoles por parte del técnico de la selección argentina, en pleno vuelo a Quito. En el cielo hay wifi.
Sampaoli descubrió la tapa del diario Sport del 10 de octubre del 2017 a diez mil metros de altura: “El fútbol te debe un Mundial”, se leía con la espalda de Messi. Enseguida le dijo a quien tenía a su lado: “Gran frase, les tengo que hablar de esto”. Ya cerca del decisivo partido en el estadio Olímpico Atahualpa, comenzó a marcarles: “Ustedes tienen que llevar a Leo al Mundial, muchachos”, para luego individualizar: “Si ustedes la rompen en sus equipos, hoy la tienen que romper acá y que él festeje por ustedes”. Pensó una referencia especial a Angel Di María, una a Darío Benedetto y así con varios de los que saldrían junto al 10. Si el fútbol le debía a Leo un Mundial, sus compañeros estaban incluidos.
La charla la escucharon todos, obviamente también Messi, que empató el partido, lo dio vuelta y lo definió. Si la idea era no depender alguna vez del 10, volvió a quedar para otro momento.
Más allá de actuaciones individuales convincentes en Quito, la individualidad nuevamente rescató a la selección. El coro quedó para el post partido, desde la parte de atrás del micro que los retiró del estadio: “Vamo’ a ser feliz, vamo’ a ser feliz, con línea de cuatro”, en la adaptación de la canción de Maluma. En el campo de juego se había lucido el solista de siempre.

El Eurostars Tower de Madrid es un coloso. Impresiona desde sus 30 pisos en la avenida Castellana. No sería la mejor escenografía para pintar lo que sucede adentro. Las charlas de pocas palabras que allí suceden, apenas entrado el 28 de marzo del 2018, pintan a un plantel nuevamente golpeado. Entre los jugadores sobrevuela un recuperado temor: “Sin Messi no podemos”. Sin el solista argentino, el coro fue español con el 6-1 en el Wanda Metropolitano.
Así, con esa dependencia, había jugado la selección argentina en los últimos partidos de las Eliminatorias, esperando cada uno de los jugadores que el 10 los salvara. Quizás no en los inicios de los partidos, sí cuando corría el tiempo y la mente paralizaba las piernas.
Así, sin el 10, le había ganado 2-0 a Italia en Manchester, un resultado que había mejorado la autoestima general. Por un casillero avanzado, más de dos perdidos.
En el Eurostars desfilaban familiares, representantes, empleados de representantes, periodistas y varios “allegados”, la mejor forma de definir a ese grupo sin una función específica, que se saludan entre sí ignorando sus nombres y no tienen recibo de sueldo pero sí muy buen pasar económico; generalmente son intermediarios, no necesariamente en transferencias de jugadores, porque el fútbol les abre la puerta a todo tipo de operaciones.
Algunas conclusiones ya estaban claras. Tagliafico sería titular. Lanzini y Lo Celso estaban a punto. Todos se convencían de que a los del fútbol argentino estaban un escalón abajo pero se habían sorprendido con Maximiliano Meza, el mejor en Madrid. La defensa dejaba dudas por la manifiesta falta de actividad de Rojo y sobre todo de Funes Mori. El arco quedaba en veremos.
Sin dejarse ver, los jugadores hablaban entre ellos, de a grupos. Ninguno podía ni quería dormir. Eran charlas de pocas palabras: es un grupo de letras justas.
Dos ejemplos que luego tendrían distintos capítulos. Aquella madrugada, a Mascherano quizás le haya brotado la duda de si iría al Mundial, como antes de aquel partido en Madrid estaba seguro de que no sería titular en Rusia.
Mientras, Sergio Romero rengueaba lo poco que podía caminar tras el choque de su rodilla y los tapones de Diego Costa, en el primer gol español. Donato Tucho Villani, el médico de tantas generaciones de la selección, recordaba que “Grondona se murió puteándome por la salida de Abbondanzieri. ¿Qué puedo hacer cuando un arquero dice que no está para seguir? Le dolía, si le pateaban de afuera no iba a llegar. Pero el Viejo igual me puteaba”.

El de Jorge Sampaoli es el cuerpo técnico más numeroso de la historia de la selección. Lógico, el fútbol corre y las funciones son cada vez más específicas. El profesionalismo incluye la atención de los detalles. Aun así, durante abril, Sampaoli camina por las canchas de entrenamiento en soledad, despegado de quienes lo rodean, confiado sólo en su jefe de prensa Ezequiel Scher y para colmo, bajoneado como nunca en su carrera tras el 1-6.
Desde hace años los ayudantes comenzaron a tener cada vez más injerencia en la planificación. Muchas veces son directamente quienes se encargan del estudio del rival y desde allí el armado propio. Dentro del cuerpo técnico de Sampaoli, Sebastián Beccacece tenía esa tarea en la Universidad de Chile y en la selección chilena. Luego se independizó y el entrenador lo reemplazó con Juan Manuel Lillo en su intento de torcer su estilo de juego del bielsismo al guardiolismo.
Sampaoli necesita un segundo fuerte para encauzar sus libres y alborotados pensamientos. Por eso fue a buscar nuevamente a Becaccece cuando asumió en el seleccionado argentino. Pero la pasión con la que vive el fútbol no fue su mejor presentación. Y la famosa línea defensiva de tres o cuatro hombres resultó un desencadenante para que Messi le apuntara especialmente.
Beccacece acompañó a Sampaoli en el viaje previo a esos amistosos contra Italia y España. Entró en todas las reuniones, salvo la más importante, la mantenida en Barcelona con el capitán; Sampaoli no hizo demasiado para juntarlos. Tanto es así que su supuesto asistente principal no estuvo ni en los entrenamientos en Manchester y Madrid. Y el técnico promovió a Pablo Aimar, hasta ese momento en las selecciones menores, con gran llegada a los jugadores, calidez en las relaciones y clara visión de fútbol, aunque sin recorrido en cuerpos técnicos.
Dispuesto a irse si no cambiaba el panorama, Beccacece recuperó la buena relación con Messi. Sin embargo, con Sampaoli tuvo un momento pronunciado de relación quebrada. Tanto que éste meditó contratar a Mariano Soso, ex técnico de Gimnasia: hasta le habló de sondeos que ya había recibido para después del Mundial, incluido un llamado del Chelsea inglés.
A dos meses del Mundial, aquello era un reflejo del momento: la selección no tenía claro por lo menos tres de sus titulares, varios nombres de la lista de 23 y ni siquiera, el ayudante del entrenador.