El Mundial es Historias: 15. “El padre de Leo solía chiflarle para que se moviera”



“El que la rompe es el primo, mi ahijado”. Fabián Soldini había escuchado recomendaciones muchas veces, por eso ya no las creía. Pero en algún lado incorporó lo que le dijo Claudio Biancucci, padre de Maximiliano, a quien Soldini representaba. Y cuando vio jugar a la décima división de Newell’s en la liga rosarina, le preguntó si el ahijado era aquél, el que podía pasar un rato sin tocar la pelota hasta que se activaba y ganaba el partido solo.
Messi hoy es el que era. “Así como actualmente a veces se lo ve caminando en la cancha, casi abstraído, en esa época era igual. De repente se la daban, pasaba a los que le aparecían y el rival sacaba del medio. El padre solía chiflarle para que se moviera, que corriera. Pero cuando la tenía era increíble”.
Tenía 12 años, edad de décima división, de la que Newell’s no participaba en los torneos de AFA, “la cuenta pendiente”. Ya llegaría, en septiembre del 2000, el momento de la decisión trascendental: la necesidad de inyectarle hormonas de crecimiento, la negativa de Newell’s por afrontar los 960 dólares mensuales (“tenemos muchos como él” fue la frase del entonces presidente Eduardo López) y el contacto generado para jugar en España.
En diciembre del 2017, el diario El Periódico de Cataluña publicó que Messi había caminado el 83% del tiempo que duró el 3-2 al Madrid que él definió (aquel en el que también inventó un festejo, el de la camiseta al Bernabeu). Según el diario Marca, el 42% de la distancia que recorrió en los cuatro partidos del Mundial fue entre 0 y 7 kilómetros por hora, “andando”.

Messi es el que era. Un obsesivo por la victoria, un apasionado del juego pero sobre todo del triunfo. Lo que lo hace un futbolista que podría ser tremendamente vistoso y elige ser brillantemente efectivo.
“Juega a las cartas y quizás no le vuelve loco ganar. En el fútbol se transforma. En las primeras semanas en España, jugando en la terraza del hotel, un día le gané y caliente, revoleó la pelota para abajo”, lo pinta Soldini.
Después de perder la final de la Copa América 2016, lloró “como un nene al que le sacan el juguete”, según el preparador físico Elbio Paolorroso. Se le juntaron las tres perdidas. Sobre la del Mundial, llegó a contarles a sus amigos que, meses después, había noches en las que no podía dormir bien.
Messi llegó a Rusia cargando sus frustraciones y las del resto. Cuando logran romper su coraza, se le ve su obsesión. A él, que se crió en el club que más cuida las formas, se le escapaba a días del Mundial 2018 el “quisiera ganar como sea”. Él, que necesita un equipo protagonista para no quedar aislado, ponderaba la necesidad de llegar al cero en el arco propio en las canchas de Rusia. Él, que supuestamente está más allá de un esquema táctico, llegó a decirle al técnico “la idea de tres centrales y carrileros me gusta, pero no hay tiempo de trabajarla; vayamos a lo fácil”.
Lo definió bien Martín Caparrós: “Es un personaje dramático, aquél que consiguió todo salvo lo que realmente quería”.
En junio del 2018, estaba dispuesto a cumplir cualquier promesa a cambio del éxito final. En junio del 2004, había prometido pasar dos años sin tomar Coca Cola, su viejo vicio, si lo llamaban de la selección juvenil argentina; cumplió.
Ya habría tiempo de que un nutricionista le cambiara los hábitos, hasta allí se los cambiaban los sueños cumplidos.

Messi cambió. De aquel muchacho introvertido que tardó cuatro meses en relacionarse con los chicos del Barcelona, a éste que genera que los técnicos se eclipsen.
Había estado decididamente de acuerdo con la contratación de Sampaoli en reemplazo de Edgardo Bauza. Los vaivenes de la previa del Mundial no lo habían hecho variar de opinión. Pero había advertido, antes de llegar a Rusia, que el técnico de la selección argentina necesitaba organizarse.
Sampaoli, como antes Bauza, quería saber su opinión al tomar una decisión trascendental. Y a Messi hay que descifrarlo. Nunca objetará abiertamente una citación o pedirá algo explícitamente. Las aprobaciones apenas pueden verse en algún gesto.
Conmovió su llanto en el vestuario en el Spartak Stadium, tras el penal que le atajaron contra Islandia. Sorprendió su quietud frente a Croacia. Se lo vio pletórico ante Nigeria, después de aquella reunión jugadores-Sampaoli en la que dijo abiertamente que “éste tenía que ser nuestro Mundial y siento que lo estamos desaprovechando”. Y jugó aislado por el esquema ante Francia, con signos de rebeldía pero en general bien marcado. El final volvió a mostrarlo frustrado. Otra vez las cámaras giraban alrededor suyo en una eliminación, mientras miraba hacia la nada, nuevamente devastado.