El Mundial es Historias: 17. “Como Alemania, España envejeció”



El extranjero no conocía tanto el orgullo del ruso por serlo hasta la clasificación a cuartos de final. Intrigados durante dos semanas de por qué argentinos, mexicanos y colombianos habían desatado una fiesta en su tierra, sorprendidos de ser conquistados, Moscú volvió a ser de los rusos.
A Putin le cerrarán los números. La euforia del domingo 1º de julio vale el presupuesto del Mundial. Será difícil volver a leer una editorial como la de Moscow Times antes de empezar la Copa: “La selección, la peor generación de la historia del fútbol ruso, está condenada a fracasar”.
Rusia venció por penales nada menos que a España y el público pasó la noche extasiado. Los volcanes derritieron la nieve de sus laderas. El vodka compitió con la cerveza. Daniel Utrilla, el periodista español que conoce de sobra a los rusos, ya había dicho sobre la práctica nacional: “No debe quedar líquido en la botella una vez abierta. Embriagar a la gente es considerado aquí una señal de honor y estima”.
Mientras la selección anfitriona jugaba (o lograba que no jugara España), el centro de la ciudad no estaba vacío. La atención sobre el Mundial no era unánime. Cuando se supieron en cuartos, en el festejo parecían estar todos.
Así la noche entera. Y quizás parte de la mañana posterior. Hay un término con el que el ruso se diferencia de todas las otras lenguas: opojmelitsa, que se refiere al día siguiente de la borrachera y se trata de beber más alcohol para quitarse la resaca. Opojmelitsa para Rusia entera.

Rusia armó un Kremlin a la altura del área. Nunca quiso atacar. Encontró el empate y lo defendió con una multitud. Su público, convencido, festejaba primero los córners, luego los rechazos y al final los segundos que no volvían.
Quiso un partido largo, como cuando lograron estirarle la guerra a Napoleón y la descostumbre del frío inclinó la balanza. Ahora lo quiso de 120 minutos porque la diferencia de potencial del fútbol se acerca en los penales. En general, esos planes no terminan en el éxito; pero hay excepciones.
Como Alemania, España envejeció. En su caso se espesó. No pudo salir de su almíbar: prácticamente no pateó al arco. Se tocaron la pelota 1.137 veces entre ellos para llegar a no más de un puñado de remates y un festejo por un gol en contra. Del lado ruso, convirtieron de penal el empate y luego los cuatro tiros de la definición, allí donde el local agradeció a Igor Akinfeev, el arquero que atajó dos de los cinco y tumbó a España del Mundial.

La peor noche de su vida, jura Andrés Iniesta en su autobiografía, fue la primera que durmió, a sus 12 años, en La Masía, donde duermen los futuros cracks del Barcelona (y los que no llegan a demostrarlo). “En el canal que hay en el pueblo no caben las lágrimas que derramó mi nieto”, definió el abuelo de Andrés, que se hizo futbolista para cumplir el deseo del padre.
Aquella resultó la primera despedida de su carrera: de Fuentealbilla y de su familia para enrolarse en el Barcelona. Entre la segunda y la tercera pasaron 42 días. La segunda despedida fue el 20 de mayo, cuando el Camp Nou lo saludó torciendo el 8 de su camiseta hasta el infinito y él, ya sin público, volvió al campo de juego descalzo, para que el cuerpo entero guarde las sensaciones de esa última función en el Barça; la tercera, este 1º de julio, la última vez que jugó para España.
Jugó 54 de los 120 minutos. Fernando Hierro, el técnico que dirigió un entrenamiento y al primer día su primer partido con España, lo dejó suplente. Cuando entró, obviamente mejoró a sus compañeros, pero al rato ya era uno más. Diez contagian a uno en el fútbol, y lamentablemente ya pasó esa época en la que Iniesta, el jugador más conceptual de una era, contagiaba a cuantos quería.