El Mundial es Historias: 18. “Corazón le sobró, pero la élite expone”



“Peleé durante un año para ser uno de los centrales titulares. Pero me di cuenta que Umtiti es mejor que yo. En tu lugar haría lo mismo, pondría a Umtiti de 6 y obviamente a Busquets de 5. El problema es que pienso por mí. Y sé que no quiero pasar uno de mis últimos dos o tres años de carrera en el banco”. Así le habló Javier Mascherano a Ernesto Valverde al día siguiente de tomar la decisión de irse del Barcelona.
Que su destino haya sido el fútbol chino habla más del contrato firmado que de otra razón. Pero en ese tema también tenía su explicación: “Barcelona no me dejaba ir gratis. Y los únicos que podían pagar por mí, a mitad de temporada, eran ellos”.
Así fue como a fines de enero saludó a su familia, incluido su hijo de diez meses, y los despidió hasta mayo, cuando viajó a Buenos Aires para integrarse por última vez a la selección argentina. Por entonces ya había ganado la pulseada.
Si en abril la agenda mediática tuvo entre sus temas una posible ausencia de Mascherano entre los 23 mundialistas, fue porque el propio Jorge Sampaoli la echó a correr. Quizás haya querido instalar el tema para conocer el rebote popular. No sería ese el obstáculo sino un par de frases de Messi, cuando el técnico lo visitó a fines de abril, en las que el 10 habló de la importancia del 5 (o el 14 en realidad). En la exagerada idea de injerencia de Messi, éste fue uno de los puntos de verdadera implicancia.
Una vez dentro de los 23, mejorado físicamente por un trabajo especial que realizó en China y mientras duraba la recuperación de Lucas Biglia de una fractura de vértebra lumbar, Mascherano también entró en los 11. No sólo eso, que ya era mucho. La selección armó, en éste y en el anterior Mundial, un equipo más para rodear a Mascherano que a Messi. No tener compañeros cerca desgasta al primero y angustia al segundo.
La relación con Sampaoli no tenía bases sólidas. Conveniencia de un lado y obligación del otro. Hasta que los parches ya dejaron de tapar.
Mascherano llegó a corregirle al técnico un entrenamiento de pelota parada el día previo al partido contra Croacia, cuando Sampaoli había vuelto a discutir con Sebastián Beccacece, que hasta pensó en irse en aquella jornada.
Con la victoria de Nigeria a Islandia y el crédito de clasificación a octavos extendido, lideró la reunión armada para exhibirle el disconformismo al entrenador. La reunión que comenzó con el pedido de tener el control y terminó con la idea de “tirar todos hacia adelante”, como si fuese necesario establecer esa pauta.
Horas después, asumió el liderazgo también en conferencia de prensa. Reconoció la reunión, aunque la relativizó porque explicó que los mejores técnicos del mundo escuchan a los jugadores, que “son quienes deciden en la cancha”. Pidió tener “memoria de pez para salir hacia adelante”. Y hasta trató de “nefasto” a Ricardo Caruso Lombardi, que había contado (mentido en realidad) en un video casero, luego viralizado, una piña de Cristian Pavón a Mascherano.
Visto lo posterior, si tuvo un error de conducción, más allá de los múltiples del campo de juego, fue no generar una nueva reunión previo a enfrentar a Francia. Probablemente los jugadores hayan creído que bastaba con la inercia positiva. El ánimo, el sentimiento, es el punto de partida en el fútbol de élite. Lo determinante es la planificación, el entrenamiento, la jerarquía o por lo menos, la convicción para compensar la carencia del último ítem.
Del abrazo sentido con Messi en San Petersburgo, Mascherano pasó al quiebre emocional y su despedida en Kazán: “Es hora de decir adiós”.
Quizás se haya estirado ese adiós. Lo definió bien Roberto Fernández en el sitio CCCPMundial: “Hasta los metales se fatigan y a veces no consiguen recuperarse del todo”.
Javier Mascherano, el jugador que más veces vistió la camiseta de la selección argentina, significó el reflejo del equipo: quiso y no le dio. Corazón le sobró, ahora y siempre. No alcanza. La élite, lejos de compadecerse, expone a cualquier apellido.