El Mundial es Historias: 4. “La historia de Rusia presente aunque también ausente”



Ezeiza tiene usos múltiples. En la jerga periodística-futbolera, es la referencia a donde se entrena y descansa la selección. En el lenguaje coloquial, la salida de la Argentina, para muchos, no sólo está en sino también es Ezeiza. Que puede significar el lugar de un reencuentro. Como también de despedida, y forzada; para todos aquellos que alguna vez vivimos la partida de un ser querido sin fecha de vuelta en el pasaje, la imagen no deja de asociarse.
Argentina sufrió exilios políticos y económicos. Rusia también.
El tema está bien tratado en Limónov, el libro biográfico que escribió el francés Emanuel Carrére sobre Eduard Limónov, un artista y activista ruso que sueña a toda hora con la revolución. Carrère asegura sobre las despedidas: “Los últimos días antes de partir son desgarradores. Reír con un amigo, sentarse debajo de un tilo (…) Te percatas con una especie de estupor de que todo eso, que habías hecho miles de veces sin darte cuenta, lo haces por última vez. Cada partícula de este mundo tan familiar estaría pronto y definitivamente fuera de tu alcance: sería un recuerdo, una página pasada que no podrás releer, un objeto de nostalgia incurable. Abandonar la vida que siempre habías conocido y partir hacia otra de la que esperabas mucho pero no sabías casi nada, era una forma de morir”.

Ezeiza, esta vez, es el puente hacia el Mundial. El único posible: hace cuatro años a Brasil llegaron miles de argentinos por diferentes vías. Espera Rusia, imponente, interminable, con su historia siempre presente aunque también ausente.
En el impacto de ingreso en Moscú, la historia se palpa en las construcciones. Pero todo ha pasado por el tamiz del cambio de época. La revolución bolchevique de 1917, que dio paso a la Unión Soviética hasta hace menos de treinta años, ese Estado obrero generador de otros que luego se activaron, queda mucho más en el recuerdo nostálgico de las generaciones mayores que en la vida diaria.
Lo explica el cambio de uno de las gemelas de Stalin, así llamados los siete rascacielos que el general de la revolución mandó a construir cuando percibió que estaban en desventaja en escenografía. Se llamó Hotel Ukraina, imponente por construcción pero sin lujo interior durante el comunismo; luego, como parte de la cadena internacional Radisson, pasó a tener detalles de ostentación supuestamente necesarios, por ejemplo, para recibir a funcionarios durante el Mundial. El comunismo dejó tremendas construcciones y el capitalismo les puso los nombres.
Las costumbres claramente son otras. Al ruso le basta con lo propio; el soviético, así lo notó Gabriel García Márquez en 1957, “parecía desesperado por tener amigos”. El colombiano se sorprendió con un pueblo ávido de conocer otras culturas, de entenderlas. Y regaló esta anécdota para dimensionar el límite y la inocencia de, hasta allí, cuatro décadas de comunismo. Preguntó a un grupo de moscovitas por qué Andres Toupolev, inventor de los turboreactores, no podía invertir lo mucho que había ganado. Básicamente encendió un debate, que terminó rápido:
-¿Una persona puede tener cinco departamentos en Moscú?- les consultó.
-Naturalmente, pero ¿cómo haría un hombre para vivir en cinco departamentos a la vez?

Daniel Utrilla nació en España, conoció Rusia a partir de corresponsalías para medios de su país y se quedó para siempre. Explica el post comunismo en su libro de crónicas A Moscú sin kalashnikov: “A Gorbachov le echan en cara que la caída del imperio haya sido tan traumática. Como si hubiera abierto la escotilla del submarino antes de subir a la superficie. Con el primer Mc Donald’s en Moscú, el capitalismo se le vino encima a Gorbachov: fue como poner a Messi frente al arco, pedirle al arquero que se aparte y decirle que la empuje”.
Boris Yeltsin, primero neoleninista y luego neoliberal, combatió un Golpe de Estado en el final de la Unión Soviética y posibilitó las nuevas riquezas en el arranque de Rusia. Carrère redactó sobre su final: “Encerrado en el Kremlin, sin más interlocutores que su familia y el responsable de su seguridad, se cura de lo que él llama sus ideas negras y que a todas luces es una depresión masiva bebiendo más de lo razonable”.
El siglo XXI le pertenece a Vladimir Putin, Primer Ministro en los dos períodos entre 2000 y 2008, y Presidente desde 2012. Le perteneció también en el espacio medio, en esos seis años de presidencia de Dimitri Medvedev. Lo definió Gary Kasparov, ícono del ajedrez en el mundo: “Medvedev le devolvió el país a Rusia como el perro que le devuelve al dueño el palo que le tiró”. Kasparov, uno de los pocos opositores, repite que “la Rusia de Putin es una dictadura de una sola persona”.
No es casual que no haya un segundo bando. De allí la reflexión de la argentina Hinde Pomeraniec en su libro Rusos: “En la Rusia de Putin los opositores deben pedir permiso para manifestarse en lugares públicos. Una verdadera paradoja porque, cuando lo hacen, el permiso no es otorgado. Les prohíben manifestarse en lugares céntricos, les exigen cifras desenfrenadas de formas para consagrarlos como partido válido para competir electoralmente y buscan además por todos lados evitar que aparezcan en público. A los opositores les cuesta mucho encontrar salones para sus actos: nadie quiere alquilarles las salas. En la medida en que se les traba la libertad de acción, no logran cuajar en la sociedad. Es un juego perverso, no los dejan mostrarse y después dicen que en realidad no existen”.
En el Mundial tendrán menos espacio para hacerse sentir. De hecho Kasparov sentencia desde donde vive: Nueva York. Mitad bienestar seguramente, mitad exilio también.