El Mundial es Historias: 5. “Bienvenidos al show”



Rusia al mundo. El mundo en Rusia. A Vladímir Vladímirovich Putin ya no lo echan del G7; aunque tiene que convencer al resto, Donald Trump lo quiere de vuelta. Mientras, el local recibe en el palco central a Gianni Infantino, presidente de la FIFA y el más político de todos, y a Mohamed bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudita, que meses atrás le prometió un estadio a Irak. El fútbol une. Sobre todo al poder.
Se trata del último plantel mundialista de Rusia con jugadores nacidos durante el comunismo. El técnico, Stanislav Cherchesov, fue el primer arquero en el post Unión Soviética. Ya se partió la historia. Pero el que suena es el himno soviético, recuperado por Putin, que siempre tuvo claro cómo llegarle a esa generación nostálgica. Como le atribuye que dijo Emmanuel Carrère en el comienzo de Limónov: “El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que lo extrañe no tiene corazón”.
Los rusos se levantan. Sin verborragia sudamericana, a su manera. Pese al prejuicio son sentimentales. Daniel Utrilla, el periodista español que primero fue corresponsal y luego un ruso más, los definió en A Moscú sin kalashnikov: “Son volcanes con las laderas cubiertas de nieve”.
Empieza el partido, el inaugural de la Copa del Mundo, el 14 de junio del 2018, y Rusia, aun sin saber cómo, se dirige hacia adelante. Como manda su historia no futbolística sino política: simplemente obedeciendo a Lenin, inmortalizado en tantas estatuas apuntando con un dedo, marcando el camino.
El plan que mejor le sale, obvio, es conquistar el campo contrario. Rusia distrae por izquierda y ataca por derecha, un resumen de sus últimas tres décadas. En el mundo de los nuevos mestizajes y las dobles nacionalidades, recibe lo mejor: un lateral brasileño. Y golpea por arriba, claro.
Dos goles de cabeza ante la selección más baja del Mundial, de 1,76 en promedio, 20 centímetros menos que Artem Dzyuba, que necesitó 88 segundos desde su ingreso para convertir. Dzyuba tiró abajo lo que se aprecia en el día a día: los rusos no suelen tener éxito en el primer intento. Así fue de generación en generación: necesitan un guía, alguien que les indique cómo, un zar.

Bienvenidos al show. A los rostros pintados para salir en cámara. A la cuenta regresiva de 10 segundos para dar inicio al partido, propia de cualquier deporte menos del fútbol. A las butacas desocupadas durante el entretiempo y hasta los 10 minutos del complemento porque quienes las pagaron están comprando cerveza; o en el baño después de comprar cerveza. A la música que se escucha en cada gol.
Rusia jugó como para ganar 2-0 pero Arabia Saudita jugó como para perder 5-0.
Juan Antonio Pizzi sabía que su selección sería una de las dos o tres peores del Mundial. Que sin Salah, Egipto podía estar en ese lote, pero con el del Liverpool en condiciones había que investigar cuál podía ser la otra.
Uno de los suyos se resbaló en el primer gol. Otros dos siguieron de largo, ambos en el piso, en el segundo. Después llegarían los otros tres, un par de ellos en el descuento, para que la moral se arrastrara. En ataque, ningún árabe le acertó al arco rival.
El técnico argentino tiene dos formas de hablar con sus jugadores: el lenguaje universal del fútbol y Elías, un viejo amigo, santafesino como él, hijo de sirios y profesor de árabe. Pizzi se llevó a Elías como parte del cuerpo técnico: le traduce cualquier charla individual o grupal con el plantel, y debe hacerlo con un pedido. Le solicitó copiar su énfasis, para que a los futbolistas les llegue lo que quiere decir. Dicen lo mismo mientras hablan en distintas lenguas, agitan los brazos casi a la par, son espejos, sombras, casi siameses.
Lo que no puede incorporar y copiar es el estado de ánimo. Pizzi, que nota miedo escénico, se va golpeado, preocupado pero también con bronca. Contrato no mata vergüenza deportiva.