El Mundial es Historias: 6. “¿Esto puede continuar cuando nosotros no estemos?”



Hay un uruguayo al que siempre le preocupó el Maracanazo. No la gesta, sí la leyenda. Un uruguayo que, como todos, venera a Obdulio Varela y Pepe Schiaffino. Pero que separa realidad y mito. Como el médico que rechaza la idea de milagro. Oscar Tabarez, Washington para los suyos, al fin de cuentas maestro, prefiere saber las causas.
“Tenía tres años cuando empecé a vivir el post Maracaná. Me quedaron un montón de ideas en la infancia y en la adolescencia que después, por haber sido entrenador de la selección, tuve la oportunidad de saber que no eran ciertas. Como que los brasileños eran diez veces superiores a nosotros, que ellos jugaban al fútbol y nosotros sólo metíamos. Si no éramos mejores, al menos no éramos menos. Pensaba que había sido una carnicería, y Uruguay hizo 11 fouls en la final, la mitad que hizo Brasil”, relata en el libro Conversaciones, las que entabla con Horacio Tato López.
El éxito magnifica, confunde. Será porque lo tiene presente que le escribió una carta a Pepe Mujica, entonces presidente de Uruguay, presente en el recibimiento luego del cuarto puesto en Sudáfrica 2010: “No nos quedemos sólo con los resultados para valorar lo se hace. El éxito no son sólo resultados, sino las dificultades que se pasan para obtenerlos”, aconsejó.
Uruguay ganó dos de los primeros cuatro mundiales y ninguno después de aquel de 1950. El triunfo a veces queda en el triunfo en sí, no edifica. Será porque lo sabe que pone reparos a futuro: “En cierto sentido me halaga, pero también me preocupa que se hable del proyecto Tabarez. ¿Esto puede continuar cuando nosotros no estemos? Lo que me gustaría es que tenga cada vez más fundamento el orgullo de ser una persona de este país”.

Sobre el juego de Uruguay en el Mundial 86, Eduardo Galeano escribió que “fue el fútbol más conservador de la historia de nuestro país. Se proponía romper el juego y no se avergonzaba de ser incapaz de crearlo. Fue el contrafútbol”. Tabarez asumió después de aquella Copa y quiso cambiar de estilo en la selección: “Alguno dijo que proponíamos un fútbol para señoritas. En realidad era lo que hacían en aquellos tiempos: grandes jugadores que se dedicaran a jugar, a meter y no a dar patadas descomunales”, recuerda.
Su nuevo intento para Rusia 2018 es darle matices a la garra charrúa. Hay una generación nueva en el mediocampo de la Celeste. Los vigorosos Arévalo Ríos, Diego Pérez y Walter Gargano les dieron paso a los más elegantes Rodrigo Bentancur y Matías Vecino. Es una transición que no asegura que se puedan mezclar los mejores momentos de los nuevos con la vigencia de los mejores: los volantes (aquellos dos más Nahitan Nandez y Giorgian De Arrascaeta) promedian 23 años, Luis Suárez y Edinson Cavani tienen 31. Mientras, el equipo aprende una manera distinta sobre la marcha del gran evento; de entrada no se lo ve cómodo.
En el debut, el gol llega agónicamente, justo antes de la nostalgia: Uruguay intenta jugar como nunca, pero gana como siempre.
Le cuesta 88 minutos. El 9 del Barcelona, una de sus cartas habituales, parece otro. El periodista Bruno Scelza definió lo que iban sintiendo los uruguayos: “Luis Suárez está jugando mal. No lo decimos, nos cuesta hacerlo y sabemos que nos puede tapar la boca en cualquier momento, pero lo estamos pensando. Al final esto de jugar tocando y no reventarla para arriba no es para nosotros. Tampoco lo decimos, pero poco a poco la frase ‘tirala para adelante’ empieza aflorar en nuestro interior”.
Última bola. José María Giménez, “que no es Godín pero sí su mejor alumno”, fuerza un foul, se posiciona en el área para esperar el tiro libre, salta más que nadie y cabecea al triunfo. Los centrales y la pelota parada, la mezcla que proporcionan la otra carta letal.
Tabarez se despega de su asiento. “¡Uruguay nomá!”, grita. Se olvida del bastón que lo ayuda contra el síndrome de Guillain-Barré. Y al rato, vuelve a su eje como si nada.

Tenía que ser un colegio. El video que más reproducciones consiguió de los festejos populares de ese gol de Giménez fue en un colegio. En un par en realidad. En el 71 de Paysandú, por ejemplo. Y sobre todo en el Colegio del Sur, en Malvín.
Se trata de una escuela “relativamente chica, de 270 alumnos entre inicial y primaria” según la directora María José Ospitalechte. Los chicos se juntaron a la mañana, cada uno con algo para compartir en el desayuno. Vieron el partido en un salón separado del patio por un ventanal, abierto para que corriera aire seguramente, y para que salieran corriendo los chicos si había un festejo agónico. Fue un hormigueo, una estampida, todos corrían en círculos sin chocarse, como alarmados por una alarma pero con júbilo.
Tenía que ser en un colegio esa celebración por el equipo del Maestro. Tabarez, que dio clases por primera vez en su vida en un instituto para ciegos, estudió Magisterio para darle el gusto de una carrera a su madre y después se recibió de director técnico “para ganar un pesito más. Ya habían nacido tres de mis cuatro hijas”. Se había retirado como futbolista a los 30 años. “No juego más al fútbol”, le dijo a su mujer de regreso de un entrenamiento en Liverpool. “¿Y qué vamos a comer?”, le respondió ella. La economía siempre fue un tema a tener en cuenta. De chico había tenido algunas carencias, aunque “ser pobre en aquellos tiempos era comer puchero todos los días. Ahora hay formas de la pobreza que son insultantes”.
Hoy dirige un equipo que intenta cambiar de estilo y le cuesta, pero no deja de estar prendido en la identidad del uruguayo. La directora del colegio lo sabe: “Nos impactan el compromiso y los valores que tratan de bajar. No cuesta más una respuesta antipática que una amable, y ellos lo recuerdan. Los jugadores y el técnico nos sirven de ejemplos. Te juro que cuando gana la selección, somos todos un poco más amables en Uruguay”.