El Mundial es Historias: 7. “¿A todos nos preocupó que lo errara más de lo que nos entusiasmó que lo convirtiera?”



“Los propios españoles nos dicen ‘todo bien con la posesión, pero en el Mundial 2010 ganamos todos los partidos 1-0 y salimos campeones’”. Alguna vez se escuchó una frase así en la intimidad del plantel argentino. Sirve para entender la formación, con más precauciones de lo que se creía, para el debut en el Mundial.
Es extraño: cuatro años atrás, en Brasil 2014, el núcleo de los jugadores le hizo entender a Alejandro Sabella que no había necesidad de protegerse tanto tras su idea, casi sin ensayo, de cinco defensores contra Bosnia. Después, las lesiones de Sergio Agüero y Angel Di María fueron moldeando una formación más parecida a lo que pretendía el entrenador. Pero de entrada los futbolistas se habían hecho sentir: para ganar había que atacar.
“No es mi selección, es la selección de Messi”. Nadie puede dudar de la sinceridad de Jorge Sampaoli. Lo dijo él mismo y sin que nadie lo forzara; simplemente le habían preguntado en qué aspectos creía que había logrado imponerle su sello al seleccionado y en cuáles no.

Las autoridades de la pequeña y despoblada Bronnitsy se enfocaron en que la llegada de la selección para concentrarse allí fuera un evento histórico para la ciudad. Cualquier pedido de la delegación argentina era ejecutado con velocidad. Así fue como prohibieron el ascenso a la Torre del Reloj, desde la cual un espía de otra selección hubiese podido observar el entrenamiento.
Aquel que hubiese querido hacerlo, igualmente, habría tenido que subir diariamente: lo que se entrenaba un domingo, cambiaba un lunes. En este caso no para confundir o desorientar, sí por las características de un entrenador que vive el día a día. Que piensa un equipo y lo fundamenta, y al rato piensa otro con nuevos argumentos, pese a enfocarse en el mismo partido y el mismo rival.
La expectativa para el debut desbordó lo imaginado. El primer cálculo fue de diecinueve mil argentinos en el Spartak Stadium de Moscú a juzgar por las entradas que se habían vendido, pero la cifra probablemente se haya estirado a más de veinticinco mil. Desde Francia 1998, con la excepción de Corea-Japón 2002 por costos y contexto nacional, comenzó a ser costumbre de compatriotas nutrir de camisetas celestes y blancas el color del Mundial. Ya no sólo es propio de estratos acomodados, también viaja una clase media que debió haber sufrido hacer un presupuesto en dólares, verlo multiplicado antes de subir al avión y saberlo crecido al aterrizar.
Aquel sábado 16 de junio, la selección decepcionó. Jugó con exasperante lentitud. La falta de funcionamiento era consecuencia del escaso ensayo. De repente había aparecido Lucas Biglia en la formación.
No podía entenderlo todo aquel que hubiera hablado con el entrenador en los seis meses anteriores. Tampoco el rival ameritaba mayor protección en el mediocampo.
Desde el 2002 hasta mediados de la década, Islandia pasó a tener 5 canchas de fútbol a 23 y de 7 a 136 de dimensiones más reducidas. El Gobierno había encarado la difusión del fútbol para que el handball no fuera el único deporte elegido por la juventud. Los islandeses defendieron, justamente, a la manera de un férreo equipo de handball. El área resultó un territorio prohibido, como si fuera otro deporte.
El partido nos llevó a los libros de autoayuda. “La gota perfora la roca no por su fuerza sino por su constancia”, sugiere el proverbio anónimo. Estaba claro que en fuerza no ganaría Argentina; tampoco fue constante. Apenas sirvió para destacar un rato previo al gol, ni siquiera aprovechado porque enseguida empató Islandia, y los arrestos de todo conjunto de jugadores cuando no arman un equipo.

¿Qué nos pasó cuando Messi se paró para patear el penal? ¿A todos nos preocupó la posibilidad de que lo errara por encima de lo que nos entusiasmó la chance de que lo convirtiera? ¿Y por qué entonces odiamos que lo critiquen si ya todos estamos de su lado? ¿O lo que nos duele es saber que a veces merece la crítica? ¿En qué época se quedó el periodismo extranjero cuando asegura que a Messi lo aman en todos lados salvo en su país si lo amamos todos? ¿Y si lo amamos cómo lo vamos a criticar? ¿Lo queremos todos? ¿Cómo puede alguien no quererlo?
Fue el día después de una nueva jornada heroica de Cristiano Ronaldo, el hombre más decidido a ser el mejor futbolista del mundo que se conoce. Tres goles, entre ellos el penal que se le negó a nuestro genio y el tiro libre al ángulo, distinto a los que Leo dejó en la barrera. El tiro libre que en la noche de España 3-Portugal 3, todos (todos equivale a Cristiano y a los españoles) imaginaron que sería gol.
En la competencia entre ellos de la última década, Messi mejoró a Cristiano más de lo que Cristiano mejoró a Messi. Messi mejora a sus equipos, Cristiano “sólo” los hace ganadores. Messi hizo de un gran equipo el probablemente mejor de la historia y de una selección vulgar, una que interesa ver. Le dio vida. Si se apaga ese motor, se apaga todo lo demás. Si el ánimo del que los empuja cae, el carro se estanca.
Hannes Halldorsson atajó el penal que anunció Messi y la selección se dirigió, 1-1 y victoria de Croacia a Nigeria, demasiado rápido a la necesidad de un resultado para seguir con chances.
¿Qué será de la cabeza de estos jugadores? ¿Y de este libro? ¿A alguien podrá interesarles las crónicas de un olvidable Mundial?