El Mundial es Historias: 8. “El tanque rescató a los estetas”



Desde 1970 hasta el miércoles 20 de junio inclusive, Uruguay ganó ocho partidos por mundiales. Siete fueron por diferencia de un gol. Por si no quedó claro la extensión de la estadística: desde 1970.
Este miércoles 20 de junio, contra Arabia Saudita, no se vio que quisiera jugar distinto a su reciente historia. Cambia de ropa y vuelve a su overol. Nuevamente ganó como siempre: 1-0, y gracias a una pelota detenida.
Juan Carlos Osorio, el colombiano que dirige a México, contó en su libro: “Diego Lugano me dijo que la clave de la pelota parada es la determinación, la voluntad de llegar primero a la pelota y exponerse a un choque o a unos puntos de sutura teniendo en cuenta que son más importantes los puntos en juego en la competición. También me contó que en Uruguay, el abuelo le dice al nieto desde el baby que se puede errar un pase pero no una dividida. Concluyo que la competitividad envidiable de los uruguayos, que son de los mejores del mundo en eso así como en pelota parada, se origina en edades tempranas, entre los 5, 6 y 7 años”.
La pelota parada ya es la costumbre del torneo. Aunque en este caso no hubo un gran salto del cabeceador sino uno pésimo del arquero, Mohammed Al Owais.
Partido minimalista de Uruguay, pero que ya está en octavos. Con Tabarez, la Celeste llegó a octavos en Italia 90. Sin él, ni siquiera se clasificó a dos mundiales (94 y 98), no pudo pasar la primera ronda en el 2002 y tampoco conoció el del 2006. Una vez más con el Maestro, fue cuarto en el 2010, avanzó a octavos en el 2014 y ahora la misma historia. Ya lo dijo Tabarez: “Me halaga, pero también me preocupa que se hable del proyecto Tabarez. ¿Esto puede continuar cuando nosotros no estemos?”.
Por lo pronto, en Rusia sí continuará.

El Mundial repite partidos entre equipos de propuestas y de respuestas. Los primeros avanzan con impotencia, los otros defienden como si les fuera la vida en esa tarea. De Argentina-Islandia a España-Irán.
Carlos Queiroz se declaró admirador de sus dirigidos en la previa de la Copa: “Nunca en mi vida vi jugadores que se ofrezcan tanto al fútbol y a una selección a cambio de tan pocas compensaciones como los futbolistas de Irán. Se entregan con tantas ganas y al final no hay ni un gracias”. Así se ofrecieron.
Fue un partido histórico: las mujeres iraníes volvieron al estadio en su país. Las autoridades permitieron el ingreso de ellas en el estadio Azadí de Teherán, pese a la prohibición que se inició con la Revolución Islámica en 1979.
En Kazán, España movía la pelota, la llevaba de un costado del área a otro. Parecía un gran entrenamiento de precisión, pero en realidad era un partido. Un partido imposible. Se pasaba de juego previo. Desoía aquel viejo consejo de hermano mayor: “Es preferible quedar como zarpado que como dormido”.
Ante el repliegue unánime de Irán, no podía entre tantas piernas. Hasta que le pegó a una de esas tantas y fue gol; una propia, la de Diego Costa. Para demostrar su estado de gracia, se la sacaron, no sintió que el rechazo le había rebotado y recién la vio cuando se dirigía al arco. El tanque rescató a los estetas españoles.

“A un fútbol tan lírico que ignoró a los arcos durante treinta y seis años, un argentino escueto empezó a hablarle con mesura. A un país que infla el pecho por la variedad de bocados con los que infla su panza, un flaco, largo como un fideo, le enseñó cómo redondear una campaña. A un deporte marchito de gloria, un sesentón arrugado aceptó el desafío de rejuvenecerlo. A un juego visto con resignación, un tipo que no sonríe cuando dice estar feliz comenzó a restituirle la alegría”.
Ese es el comienzo del libro Benditos, el libro que los periodistas Renzo Gómez Vega y Kike La Hoz escribieron con 13 historias no aptas para incrédulos, la gratitud hecha prosa para contar la clasificación del Perú de Ricardo Gareca al Mundial.
Así como llegó, prácticamente se fue. Dos derrotas en los primeros dos partidos fueron suficiente. Pero la espera de 36 años llenó Rusia de franjas diagonales rojas en pechos blancos. Ya lo había advertido Gareca: “El peruano es más hincha de la selección que del equipo”. Sólo había que darles un equipo con el cual se identificaran.
“Perú vivía del pasado como aquellos que añoran un único viaje, un único gran trabajo, o un único amor”, definieron Gómez Vega y La Hoz. La clasificación fue histórica. Provocó un feriado por decisión presidencial.
Gareca, el mismo que los había privado de México 86, dio en la tecla apenas asumió. Dijo lo que nadie decía: “Creo en el jugador peruano”. El jugador le devolvió la confianza. En el Mundial no tuvo área, ni cuando Paolo Guerrero, “el que se merece el apellido”, fue titular contra Francia.
Veinte mil incas agradecieron igual. Existen distintas maneras de quedar eliminados.