El Mundial es Historias: 9. “Si planifico me pongo en el lugar de un oficinista”



La selección decidió no tener paz y se encargó de alimentar un capítulo negativo cada día. El previo a jugar contra Nigeria también fue convulsionado.
Jorge Sampaoli y su ayudante Sebastián Beccacece volvieron a enfrentarse, ahora porque el primero desarmó lo que habían ensayado los dos días anteriores. Heráclito Sampaoli, el entrenador que todo lo cambia, mientras la selección juega a no naufragar en el río. Tanto cambia que los jugadores le pidieron, en la noche del miércoles 21, saber con anticipación cómo sería la formación.
El contexto en Nizhny Novgorod dejaba similitudes con aquella jornada de la clasificación en Quito. No tanto por las caras del plantel: faltaban 12 de los 26 que habían estado en Ecuador (3 de ellos se lesionaron: Romero, Mammana y Benedetto); la selección se renovó en medio del ciclo. Sí eran iguales la presión y la sensación de cornisa: una derrota dejaría a Argentina al borde de la eliminación en primera ronda.
Se repetía, también, el pedido del cuerpo técnico para que un compañero de Messi sea decisivo: les mostraron un video de cómo se arma un equipo en Formula 1, donde todos son importantes para que el piloto sea fundamental. ¿Pero quién podía ser el salvador de Messi? Argentina saldría a la cancha con un equipo más de esfuerzo que de calidad. Y con una formación a la que, se notaba, le faltaba ensayo. Otra vez.
En Nizhny Novgorod, Croacia, con sus muy buenos volantes, la dejaría en evidencia con un 3-0 lapidario.

Durante la Unión Soviética, Nizhny Novgorod se llamó Gorki, apellido (de nombre Maxim) de uno de los pensadores más populares del país. Gorki escribió: “El miedo es tan saludable para el espíritu como el baño para el cuerpo”. La selección, temerosa de una derrota que la dejara cerca de la eliminación, sólo podía ilusionar en caso de que ese miedo la impulsara. No hubo caso. Más bien jugaron para recordar otra frase de Gorki: “Cuando el trabajo es un placer, la vida es bella. Cuando nos es impuesto, la vida es esclavitud”.
El destino siempre juega. Wilfredo Caballero, el elegido pese al clamor popular y mediático por Franco Armani, regaló absurdamente el primer gol. Lo regaló después de una falla grosera en lo que quiso ser un pase a Mercado, justo el arquero que se había ganado ese lugar por su virtud del juego con los pies. El guión exagerado. Porque el destino puede ser todo lo cruel que quiera.
Argentina no había tenido claro cómo llegar al arco rival en el primer tiempo. En el segundo, ya no tuvo nada. Messi se abstrajo. Recordó a aquella época de la que hablaba Gerardo Martino: “Es fácil darse cuenta si no está bien. Es cuando mira el piso”.
Descontrolado, Sampaoli insultó al lateral croata Sime Vrsjalko. Al rato, lo que nunca se había vivido durante un partido mundialista, los hinchas argentinos lo insultarían a él.
Latidos, el libro publicado antes del Mundial, lo condenaba. Pareció escrito por alguien que lo quiere poco; Claudio Borghi, tal vez. Pero no, lo escribió el propio Sampaoli. O por lo menos se lo dictó a alguien. “Si estás nervioso, el jugador lo percibe. Si el jugador no te cree es imposible que después puedas lograr algo tan importante como una organización colectiva”. Todo dicho. Pero había más: “Yo no planifico nada. Todo surge en mi cabeza cuando tiene que surgir. Brota naturalmente en el momento oportuno. Odio la planificación. Si planifico me pongo en el lugar de un oficinista”.

Columna publicada en el diario Olé del viernes 22 de junio:

Argentina llegó al Mundial sin conocer quién sería el arquero, el 4, el 6, el segundo volante central y el 9. Y con un técnico irreconocible. Imposible distinguir en la figura de Jorge Sampaoli aquel técnico que el fútbol conoció en la U de Chile y en la selección de ese país.
Los equipos de Sampaoli presionaban, éste no presiona en ninguna línea. Aquellos se hacían anchos y el actual no desbordó nunca contra Islandia, que esperaba con 7 jugadores por adentro. Aquellos equipos de este entrenador a veces también confundían por algunas posiciones de jugadores, pero tenían dinámica y llegaban desde distintos lugares; la selección actual es esquemática, previsible, con pases al pie, sin jugadores que puedan romper desde atrás.
Hay una generación a la que debemos destacarles varios años de rendimientos con la camiseta nacional, no los últimos. Mientras, otra camada todavía no está para estos niveles: difícil echar responsabilidades a ellos, recién incorporados. A unos y otros los une la falta total de reservas anímicas. Los primeros contagian a los segundos. Seguramente Messi en esto también sea un referente: si no aparece, no aparece nadie y si se pincha (se activó después del 0-1 y se aplastó con el 0-2), se pinchan todos.
¿De qué manera podía tener funcionamiento un equipo que no paró de cambiar y salió a la cancha casi sin ensayos? En mil pruebas, una de las pocas que no se habían visto había sido la de incluir a Higuaín y a Agüero. Sin embargo, para tratar de ganarle en los últimos minutos en el debut, coincidieron los dos. Supuestamente Pavón no fue titular ayer porque se había chocado con Acuña cuando lo probaron por la izquierda. Entró frente a Croacia por la derecha y pocos minutos después lo cambiaron de banda. Al único que no probaban, en esa tanda interminable de ensayos, era a Dybala. Y Dybala ingresó cuando el equipo se dirigía hacia el abismo.
No hay manera de que, sin equipo, los jugadores puedan potenciarse. Pero también están las calidades individuales, hoy lejos de lo que fuimos. Salgamos de Messi. Y hasta de Agüero o de Higuaín, aun con sus irregularidades para la selección. ¿En cuántos otros puestos Argentina tiene jugadores indiscutidos?
Hay que fallar demasiado para llegar a este momento. Las responsabilidades obligatoriamente deben ser variadas. Las cargan la figura, sus compañeros, los que terminan su ciclo o los que podrían seguir, y fundamentalmente el técnico. Es inconcebible la acumulación de errores y que nadie haya podido cortar la tendencia. No hay dudas: la selección argentina tiene lo que se merece.