El Mundial es Historias: 28. “Fue el Mundial de los hinchas, no de los jugadores”



Rocky es el bueno. Su éxito proviene del esfuerzo y la escasez de recursos. Se entrena subiendo escalones. Iván Drago es el malo. Está armado para matar, de hecho mata. El Imperio soviético lo impulsa. Del Gobierno estadounidense no hay referencias, salvo que leamos entre líneas la típica propaganda.
No hay equivalencias en la fuerza del mensaje. Años de construcción de una idea sólo pueden ser desactivados conociendo el país, caminándolo.
Rusia no sólo organizó el Mundial, también lo hospedó. La fiesta de los pueblos tuvo un escenario a la altura. Quedó clara la predisposición a recibir la mezcla de culturas y, por qué no, a cambiar aquellos viejos conceptos que les apuntaban.
No se movieron de su idiosincrasia. Hablan en ruso; el inglés es excepcional. Con ellos les basta. Así fue durante gran parte de su historia reciente y no tienen por qué cambiar. Nadie puede pretender que los locales cambien sus modos.
Moscú impacta. Obliga a mirar hacia arriba permanentemente. Mezcla las eras como ninguna ciudad del mundo: el zarismo, el comunismo y el capitalismo. Junto a los recuerdos de los antiguos zares, se levantan las construcciones de los bolcheviques, sin retoques por parte de los políticos liberales. Junto al Kremlin, en pocos metros coinciden la estatua del príncipe Dmitry Pozharsky (la primera escultura monumental de Rusia), la increíblemente colorida Catedral de San Basilio y el centro comercial Gum, inaccesibles para todas clases bajas y medias.
En el Gum, dónde si no, Qatar lanzó su Mundial. Mostró maquetas de los estadios que le cuestan cientos de millones. También gastaron otros millones en comprarles a coleccionistas las camisetas de Pelé, Garrincha, Maradona, Zidane y Messi.
Queda lejos Qatar. En todo sentido.

Este ¿libro? podría servir para dejar testimonio de la presencia de la selección argentina en el Mundial 2018. No se trata de presumir sino de dimensionar la actuación del equipo nacional: prácticamente pasó inadvertido por la Copa.
Se trata de una generación de jugadores que fue la excepción del fútbol argentino en estos años. Que se diferenció de sus dirigentes. Que volvió a acostumbrarnos a los partidos decisivos. A ellos, gratitud por el pasado. Aunque a varios seguramente les haya sobrado un par de temporadas con esta camiseta.
Fue el Mundial de los hinchas, no de los jugadores. Mejor marco que cuadro. La selección, antes excepción, también se hizo parte de lo que es el fútbol argentino hoy.
La procesión de los hinchas generó el único punto en el que Rusia no estuvo a la altura de la organización de un Mundial. Los desbordó, porque nunca lo imaginaron, que más de veinte mil personas quisieran viajar de San Petersburgo a Kazán, de fase de grupos a octavos.
Quedarán el mítico banderazo, la Plaza Roja colonizada pese a las advertencias gubernamentales de no festejar en espacios públicos y en masa, las canciones en las eternas escaleras mecánicas de los subtes.
De repente todo es un recuento. Ni siquiera se sabe qué es de la vida de Messi, de cómo terminó. Didier Deschamps, cuando asumió en la selección francesa, apuntó a acercar al plantel al público. Ojalá sea una de las virtudes del próximo ciclo. La principal tendrá que ser el ojo para ver talentos donde no parecen sobrar.
Los escritores, muchos de ellos por lo menos, prefieren escribir a haber escrito. Cualquiera preferiría vivir el Mundial que haberlo vivido. Queda el recuerdo. Pero se acaba el encanto.

Leave a Comment